El 27 de febrero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes, depuesto y aislado en la manigua, selló con su sangre el mismo principio de dignidad absoluta con el que inició la guerra: la independencia o la muerte.
La historia a veces se pliega en sí misma con una simetría trágica y perfecta. Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo, el hombre que el 10 de octubre de 1868 proclamó en La Demajagua la disyuntiva sagrada de “Independencia o Muerte”, encontró su destino final precisamente bajo la segunda parte de ese juramento, un 27 de febrero de 1874, en la intrincada soledad de San Lorenzo, Sierra Maestra. Su caída no fue la de un presidente en funciones, sino la de un prócer depuesto y, sin embargo, en ese último acto, Céspedes reafirmó con mayor fuerza su estatura de Padre de la Patria.
El Ocaso Político: La Deposición y el Confinamiento
Tras ser destituido de la presidencia de la República en Armas el 27 de octubre de 1873 por la Cámara de Representantes –que le criticaba un supuesto autoritarismo–, Céspedes fue obligado a seguir al gobierno itinerante durante dos meses. Su solicitud de salir al exilio para reunirse con su familia fue denegada. En su lugar, se le confinó a la finca San Lorenzo, un paraje remoto al que llegó, significativamente, sin escolta alguna, a finales de enero de 1874. Allí, el antiguo presidente, abogado y terrateniente, se dedicó a la escritura y, en un gesto que delataba su esencia, a enseñar a leer y escribir a los niños de la zona.
El Último Diario y la Sorpresa Final
Las anotaciones en su diario son escuetas. El 27 de febrero registró: “Hoy ha salido un criado en busca de cocos y trae la noticia de haber llegado una columna española”. La noticia era cierta. Alertado a tiempo, Céspedes no huyó. Salió del bohío de “Panchita” Rodríguez, revólver en mano. Una patrulla compuesta por un capitán, un sargento (Felipe González Ferrer) y cinco soldados lo divisó y emprendió su persecución. Los españoles intentaron capturarlo vivo, pero Céspedes, rechazando de plano la prisión, les hizo frente disparando mientras retrocedía terreno.
Un Simbolismo Inmortal: La Muerte como Afirmación
El sargento González Ferrer logró acorralarlo. En el forcejeo final, Céspedes intentó un último disparo. Su rival fue más rápido y una bala a quemarropa le perforó el corazón. El cuerpo del iniciador rodó por un barranco. El coronel independentista Manuel Sanguily interpretó poéticamente y con profunda verdad ese instante: “Céspedes no podía consentir que, a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los españoles, preso y amarrado como un delincuente. […] cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”. Había elegido, conscientemente, la muerte digna del guerrero sobre la humillación del cautivo.
El Legado que Precedió a la Muerte: “El Padre de Todos”
Su muerte física coronó una definición moral que ya lo había consagrado. En mayo de 1870, el capitán general español Caballero de Rodas le hizo llegar un cruel ultimátum: su hijo menor, Oscar, estaba prisionero y sería fusilado si Céspedes no se entregaba. La respuesta del prócer fue de una dimensión ética abrumadora: “Oscar no es mi único hijo: yo soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución”. Esa frase, más que cualquier título, lo convirtió para siempre en el Padre de la Patria. Puso la causa de la nación por encima de la sangre de su familia.
Epílogo: La Línea de los Padres
Los restos de Carlos Manuel de Céspedes, recuperados tras la guerra, recibieron sepultura en Santiago de Cuba. El 10 de octubre de 2017, en un acto de profunda justicia histórica, fueron reinhumados en el Cementerio Santa Ifigenia, donde hoy forman parte de la “Línea adelantada” o “Camino de los Padres de la Patria”, junto a Mariana Grajales, José Martí y Fidel Castro.
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