El 4 de marzo de 1960, una doble deflagración en el puerto de La Habana costó la vida a un centenar de personas. Al día siguiente, en el sepelio de las víctimas, Fidel Castro estrenó la consigna que definiría la épica revolucionaria posterior y endurecería la retórica frente al enemigo externo.
El 4 de marzo de 1960 es una fecha inscrita en la memoria nacional cubana con letras de duelo y de fuego. Poco después de las tres de la tarde, el vapor de bandera francesa «La Coubre», que se encontraba descargando en el muelle Tallapiedra un cargamento de 76 toneladas de municiones belgas —adquiridas por el gobierno revolucionario para su defensa—, estalló súbitamente. La primera explosión fue devastadora, pero fue la segunda detonación, ocurrida aproximadamente media hora después, la que causó una carnicería mayor: había sido calculada para alcanzar a los bomberos, soldados, médicos y voluntarios que, como el comandante Ernesto Che Guevara, se habían lanzado a rescatar a los heridos entre los escombros humeantes.
El Contexto de una Agresión
El suceso se producía en un momento de extrema tensión. La Revolución Cubana, triunfante apenas quince meses antes, implementaba transformaciones radicales y se enfrentaba a una creciente hostilidad por parte de los Estados Unidos, que ya evaluaba acciones de desestabilización. De manera casi inmediata, el liderazgo cubano, encabezado por Fidel Castro, atribuyó la catástrofe a un acto de sabotaje perpetrado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Aunque esta acusación nunca pudo ser probada de manera independiente y existen hipótesis alternativas (incluyendo un accidente por la manipulación negligente de material explosivo), la versión oficial caló hondo en la población, presentándose como una evidencia de la guerra encubierta que ya estaba en marcha. La negativa estadounidense a permitir la venta de armas a Cuba era el trasfondo de la necesidad de adquirir este polémico cargamento en Europa.
El Funeral y el Nacimiento de una Consigna Histórica
Al día siguiente, 5 de marzo, La Habana se vistió de luto. Una multitud acompañó los féretros de las víctimas hasta el Cementerio Colón. En esa ceremonia fúnebre, cargada de dolor e indignación, Fidel Castro pronunció un encendido discurso. Fue en ese preciso instante, ante las tumbas abiertas, donde el líder revolucionario proclamó por primera vez la que se convertiría en la consigna definitoria de las décadas siguientes: «¡Patria o Muerte!».
Este cambio no fue meramente retórico. Simbolizó un endurecimiento político e ideológico, una radicalización de la postura revolucionaria frente a lo que se percibía como una agresión existencial. Era la declaración de que la defensa de la soberanía nacional se llevaría hasta las últimas consecuencias, sin concesiones.
Legado y Memoria
La tragedia de La Coubre quedó así fijada en el imaginario colectivo como un punto de inflexión. Marcó el inicio de una etapa de mayor confrontación y paranoia de guerra, y solidificó la narrativa revolucionaria del asedio imperial. El famoso retrato del «Guerrillero Heroico» del Che Guevara, tomado por Alberto Korda ese mismo 5 de marzo durante el funeral, queda inseparablemente ligado a la atmósfera de ese día. Sesenta y cuatro años después, el suceso se recuerda no solo por su costo humano —una de las mayores tragedias laborales y políticas de la época—, sino como el momento en que, del cráter dejado por la explosión, emergió la frase de combate que definiría la épica y la disposición de un pueblo en los años venideros.
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