El 16 de febrero de 1959, Fidel Castro se convirtió en Primer Ministro. Su discurso, lejos de la retórica triunfalista, fue un sobrio mapa de los desafíos por venir y una definición temprana de su ética de servicio público.
El 16 de febrero de 1959 es una fecha que trasciende el mero cambio de un titular en el Consejo de Ministros. Ese día, Fidel Castro Ruz, el Comandante en Jefe del Ejército Rebelde y figura central del triunfo del 1 de enero, asumió formalmente la conducción administrativa del país al tomar posesión como Primer Ministro del Gobierno Revolucionario. El acto, en el Palacio Presidencial, simbolizó la transición del líder guerrillero al estadista, cargando sobre sus hombros la abrumadora tarea de convertir los ideales de la Sierra Maestra en realidad gubernamental.
Contrario a lo que pudiera esperarse en un momento de euforia revolucionaria, el discurso de Fidel fue notable por su tono grave, reflexivo y casi austero. No hubo promesas fáciles ni autocomplacencia. Sus primeras palabras delinearon el peso de la responsabilidad: «…en los instantes en que recibo este honor de ponerme al frente del Consejo de Ministros, no experimento en estos instantes sino una honda preocupación…». Y profundizó: «De cuantas tareas he tenido que realizar en mi vida, ninguna considero tan difícil como ésta; ninguna considero tan preñada de obstáculos, ninguna tan dura de llevar adelante…».
Fidel dedicó parte fundamental de su alocución a despojar al cargo de cualquier aura de privilegio. «Los cargos, como cargos, no me importan; los honores, como honores, no me importan», afirmó, para luego recalcar: «Aquí, desde esta posición sigo siendo el mismo ciudadano… Soy igual que cualquier otro, modesto y humilde cubano…». Esta declaración no era falsa modestia, sino la piedra angular de su concepción del liderazgo revolucionario: una conexión indisoluble e igualitaria con el pueblo al que se debía.
Ante la magnitud de la obra por delante, Fidel estableció el método: el pragmatismo y la acción. «Somos hombres de trabajo, somos hombres de acción y nos gustan los hechos más que las palabras», sentenció. Reconoció que la Revolución no podría hacer las cosas «a la perfección» y que chocaría con intereses creados, pero fue enfático en que «lo que estamos haciendo va a beneficiar al país, y eso es lo que importa». Hizo un llamado al pueblo a ser vigilante y partícipe activo, a «estar siempre alerta» para que el entusiasmo no muriera en el largo y difícil camino de construcción.
Legado y Significado Histórico
La asunción del 16 de febrero consolidó a Fidel Castro no solo como el líder moral y militar de la Revolución, sino como su principal arquitecto gubernamental. Este cargo –que ocuparía hasta 1976, cuando asumió como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros– le permitió dirigir personalmente las transformaciones radicales de esos primeros años: la Reforma Agraria, la Campaña de Alfabetización y la defensa de la soberanía nacional.
Más allá de la efeméride, aquel día quedó definido su estilo de gobierno: liderazgo carismático unido a una exigente auto-conciencia de servicio, prioridad de la obra colectiva sobre el beneficio personal, y una comunicación directa y pedagógica con el pueblo, a quien siempre presentó los desafíos con franqueza.
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