Cuando la manigua cubana volvió a incendiarse en 1895, no era un grito nuevo, sino la maduración de un proyecto político revolucionario. José Martí, el organizador incansable, convirtió el legado del 68 en una “guerra necesaria” con visión de futuro.
La historia de Cuba está marcada por fechas que son eslabones de una misma cadena. El 24 de febrero de 1895 es una de las más significativas: no el inicio, sino el reinicio consciente y organizado de las guerras por la independencia que Carlos Manuel de Céspedes había inaugurado el 10 de octubre de 1868. Tras el fracaso de la Guerra de los Diez Años y el período de la Tregua Fecunda, la lucha independentista renació transformada, gracias sobre todo a la labor de un hombre: José Julián Martí Pérez.
A diferencia de los próceres del 68, Martí no era un hacendado oriental ni un militar veterano. Era un intelectual, un periodista, un diplomático forjado en el destierro. Su genio radicó en comprender que la nueva guerra no podía ser solo un alzamiento militar; debía ser un movimiento político con un proyecto de nación claro. Desde Nueva York y Tampa, tejió una red de conspiraciones que culminó en la fundación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) en 1892, el órgano soberano que unificaría a todos los cubanos independentistas, dentro y fuera de la isla, bajo un programa único.
Martí comprendió la necesidad de unir a los veteranos de la guerra anterior —los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo— con una nueva generación de cubanos, a los que llamó afectuosamente “pinos nuevos”. Para difundir las ideas y mantener la cohesión, fundó el periódico “Patria”, verdadera tribuna doctrinal de la revolución. En sus páginas, definió el carácter de la contienda: una guerra “necesaria” y civilizadora, que no buscaba el odio racial ni la venganza, sino la fundación de una república justa y soberana.
El Alzamiento y su Significado Profundo
La orden de alzamiento para el 24 de febrero de 1895 fue el resultado de esta paciente construcción. No fue una explosión espontánea, sino el estallido planificado de un movimiento nacional. Su sentido del deber llevó a Marti desembarcar en Cuba en abril de 1895 para estar junto a sus soldados. Su muerte en Dos Ríos, el 19 de mayo, truncó su vida, pero no su obra. En una carta póstuma a Manuel Mercado, dejó clara su visión geoestratégica: la independencia de Cuba era vital para “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos”.
Continuidad Histórica: Un Solo Hilo Revolucionario
La Guerra del 95, o Guerra Necesaria, aunque no logró inmediatamente la independencia absoluta debido a la intervención estadounidense en 1898, consolidó la identidad nacional y el anhelo irreductible de soberanía. Por ello, el líder de la Revolución Cubana triunfante en 1959, Fidel Castro, afirmó en múltiples ocasiones que la Revolución es una sola, iniciada en 1868. El 24 de febrero de 1895 es, por tanto, un capítulo esencial en ese largo proceso, el momento en que la lucha independentista, bajo la guía de Martí, se dotó de un programa político y una unidad que la proyectaron hacia el siglo XX. Es el día en que la idea de la patria se hizo irrevocable.
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