oyun oyna En el Centenario de Brindis de Salas | ARCHIVO NACIONAL DE LA REPÚBLICA DE CUBA

ARCHIVO NACIONAL DE LA REPÚBLICA DE CUBA

"POR LA PRESERVACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA"

En el Centenario de Brindis de Salas

Por: Lic. Raúl Ramos Cárdenas

La proclamación – por parte de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas – del año 2011 como “Año Internacional de los Afrodescendientes” deviene ocasión propicia para evocar la memoria de una de las más excelsas personalidades negras de Cuba, justo en el centenario de su desaparición física.

Tal es el caso del genial violinista Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido (La Habana, 1852- Buenos Aires, 1911) quien paseó su nombre y su arte por el mundo, en una época en que los prejuicios raciales derivados de cuatro siglos de esclavitud en la Isla, se convertían en poderosos valladares para la realización plena de los ciudadanos de piel oscura, en cualquier manifestación del quehacer humano. El haber llegado a lo más alto en la ejecución del más pequeño de los instrumentos de cuerda y dejado huellas de su indiscutible maestría por diferentes escenarios de Europa y América en las tres ultimas décadas del siglo XIX, merecen justa recordación en esta hora.

Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido

Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido

Gracias a una excelente compilación de textos sobre la vida de Brindis titulada “Presencia y vigencia de Brindis de Salas” del autor cubano Armando Toledo que reúne diversos escritos de varios autores, pudimos adentrarnos en facetas diversas del bien llamado “Paganini negro”, en alusión al más grande de todos los violinistas conocidos, el italiano Nicolo Paganini (1782-1840). Dicha compilación, convierte a esta obra literaria en referencia obligada para todo el que desee indagar sobre tan apasionante personalidad artística. No obstante, lo dicho con anterioridad, no agota la posibilidad de profundizar aún más en la existencia zigzagueante e indómita de este artista; mas bien constituye un acicate para que investigadores y curiosos se den a la tarea de enriquecer en detalles una vida pletórica de éxitos, aventuras y desventuras, que por regla general, caracterizan también las de otros genios de su talla.

Casa natal de Brindis de Salas. La Habana Vieja

Casa natal de Brindis de Salas. La Habana Vieja

Múltiples debieron ser las relaciones que como personaje de la “gran escena” tuvo Brindis a lo largo de su vida, las cuales avalaron los reconocimientos que con abundancia le dedicó la crítica especializada en periódicos de América Latina, Estados Unidos y Europa, gracias a su exquisita ejecución. Esta circunstancia, le mereció en su momento el honor de ser condecorado por varios dignatarios europeos con las máximas órdenes de sus países: la Cruz del Águila Negra, título de Barón del Imperio Alemán y la de Caballero de la Legión de Honor de Francia, entre otras, pueden darnos una imagen del rango alcanzado por esta legendaria figura del arte musical.

El color de su piel no le impidió – casi milagrosamente – abrirse paso en la escala social del país en que naciera, por entonces una de las últimas colonias de España en América, con un caduco sistema esclavista que consideraba al hombre negro poco menos que una simple mercancía. La especial circunstancia de haber contado con un padre músico, profesión en la que les era permitido moverse en sociedad a algunos negros llamados “libres” amén de la férrea y esmerada educación que este dio a sus hijos, contribuyó a que el talento infantil de Brindis pudiera ser encausado, entre otros mentores, por un reconocido maestro del violín radicado en la capital de la Isla, el belga José Vander Gutch, quién lo hizo debutar en el Liceo de la Habana siendo un niño de 11 años, hasta su posterior arribo a Francia en el año 1869, donde el joven talento logró acceder a una plaza de estudios en el Conservatorio de París, capital de ese país y centro mundial de la música en aquellos instantes.

Este meteórico ascenso, que tuvo su clímax en 1871 al graduarse con el primer expediente de esa prestigiosa Institución, puede explicarse, entre otras consideraciones, por la grandeza del genio, que no reconoce fronteras, y por la calidad del claustro de profesores que pulieron allí su arte, lo que unido a sus dotes indiscutibles para la ejecución del instrumento y el roce natural con la vanguardia violinística de la época, llevaron al músico a la perfección de su arte y posterior consagración definitiva, que le catapultó después a la fama, al éxito, a los honores y a las glorias, teniendo al “desorden como norma y al mundo por escenario” hasta el declive total de su estrella.

A la Argentina, ese hermano país de nuestra América y tierra generosa que acogió sus restos tras su muerte, ocurrida el 2 de Junio de 1911, debemos los cubanos gratitud eterna. Solo la casualidad impidió que Brindis fuera olvidado para siempre, dadas las tristes condiciones en que se encontró su cuerpo agonizante, en una humilde posada de Buenos Aires: solo, enfermo, sucio, con las ropas y los zapatos raídos, que únicamente por el orgullo característico de su raza y estirpe, hicieron revelar su identidad en esa hora fatal, al notar los enfermeros que le atendían un corsé mugriento, apretado a su cintura (resto de sus días de gentleman); en los bolsillos del saco, un pasaporte, un programa de presentaciones y un retrato de mujer, todo lo cual les hizo saber quien era aquel personaje, preguntándose ambos – quizás – como el ídolo de ayer, tan rico, aclamado y famoso, se despedía del mundo en forma tan deplorable, después de pisar por última vez esa misma tierra que unos años antes lo había visto triunfar rotundamente.

Lo que sucedió después, es historia. Con la identidad ya descubierta y conocida la noticia en aquella inmensa urbe, que le aplaudió y amó hasta el delirio en sus días de gloria, tal y como lo hizo el país completo (se dice que los argentinos le obsequiaron un valioso violín de la marca Stradivarius) la colonia cubana residente allí, con la ayuda de la revista ilustrada PBT, le tributó solemnes funerales, a los que concurrió todo el mundo artístico y la afición musical porteña, dándole piadosa sepultura en una modesta tumba provisional del Cementerio del Oeste (La Chacarita) en espera de las gestiones de repatriación que debía realizar algún día el gobierno de Cuba.

El 11 de Junio de 1917, con motivo de cumplirse el plazo de estancia fijado por las autoridades del Cementerio, que obligaban a enviar los restos del artista al osario general, el diario argentino La Razón alzó su voz exhortando a que se le diese una sepultura merecedora de la alta alcurnia artística al genio cubano; otra vez Argentina salvaba para la posteridad el recuerdo del ilustre violinista, pues, fruto de urgentes gestiones de parte del gobierno y distintas corporaciones artísticas y musicales, hicieron que esos restos descansaran por mas tiempo en el mismo sitio en que fueron inhumados, plazo que se extendió hasta el año 1930, en que el Presidente de Cuba, General Gerardo Machado dio instrucciones de crear una comisión, presidida por el entonces Ministro cubano en Argentina, señor Néstor Carbonell, que cumpliera acertadamente con el noble reclamo de los argentinos.

Este anhelo, se convirtió felizmente en realidad cuando el 24 de Mayo del propio año, arribó al puerto de la Habana el vapor “Sub – Cubano” que devolvió al seno de la patria al bien llamado “Rey de las octavas”.

Como nos muestran las imágenes que acompañan este trabajo, tanto argentinos como cubanos rindieron, una vez más, sentido homenaje de despedida al artista, que incluyó una solemne misa en la Basílica de San Francisco, luego que sus cenizas fueran depositadas en una urna de bronce, obra del escultor Luis Perlotti. A continuación, se celebró una velada lírico-musical organizada por la asociación musical Amigos del Arte, con números de canto y música, recitación de versos y discursos del ministro cubano, de Martín Durañona y Eduardo Zicari, en representación de la Sociedad de Artistas Camuati y de Jorge Servetti, representante del Sindicato de Autores Cubanos en Buenos Aires.

Periódicos de la época reseñan la muerte de Brindis de Salas

Periódicos de la época reseñan la muerte de Brindis de Salas

Sirva este humilde homenaje a un grande de la música universal como una remembranza personal a quién está presente en el árbol genealógico de mis ancestros. Desde pequeño recuerdo haber escuchado el apellido Brindis una y otra vez en algunas tertulias familiares a las que podía tener acceso, hasta que con los años y la consecuente precisión de mis padres y parientes mas cercanos, tuve la certeza de que era en alusión al gran violinista, que a la rama materna de mi familia se le identificaba como “los Brindis” en el barrio de Belén, la Habana Vieja. El apellido ya ha desaparecido pero se mantiene aún entre los que vivimos el orgullo hacia la figura del “Chevalier” Claudio Brindis de Salas.

Quiero concluir este trabajo con la reproducción de un artículo del periódico argentino La Nación, salido de la pluma del crítico de arte, señor Enrique Frexas, después de ver actuar al artista en una tertulia privada celebrada en el hogar del prócer Bartolomé Mitre, que le abrió las puertas del éxito completo en ese país. Por su precisión literaria y detallada descripción de un acontecimiento de relevancia para la historia de la música, este artículo califica, a mi juicio, como un insuperable testimonio que nos devuelve, a la distancia de cien años, a un genio de carne y hueso que embriaga a todos sus admiradores con las más divinas notas de su mágico violín.

“Afuera hacía un intenso frío, el frío de la cruda noche del domingo. Adentro, en la sala de familia, el aire estaba templado por el fuego de la chimenea, por la gran araña de bronce, toda encendida, y por las amplias tapicerías cuya acción es siempre doble, tanto por la parte física en la conservación del calor y la defensa, cuanto por la parte moral en la asociación de ideas que provocan los nobles pliegues del terciopelo y el raso.

No había la animación de la gran fiesta: era simplemente la familia y algunos íntimos en ese ambiente tranquilo que sigue a la comida del hogar. Pasando al salón, se habían diseminado las señoras cerca del fuego, y los hombres, en diversos grupos, continuaban algún ultimo tema d conversación pendiente en el comedor.

Había entrado allí con una familiaridad de trato social que no alteró el ambiente, un hombre original, alto, de buenas formas, color de ébano y vestido de rigurosa etiqueta. Era Brindis de Salas, el violinista cuyo nombre, original también, tiene ya la fama de una reputación merecida.

Todos sentían como una vaga curiosidad de agrado, aunque se trataba de cosa desconocida.

Salas se había puesto de pie, al lado del piano, en el que el maestro Rodó lo acompañaba. Su mano se alzó de pronto, cayendo con el arco sobre las cuerdas del violín. Algo extraño pasó entonces.

Aquello era un sonido, una sola nota, pero que con su vibración se había apoderado de cuantos estaban en la sala. Desde aquellos momentos todos, miraron al mismo punto, y todos parecían seguir con profunda abstracción, y algunos hasta con el movimiento de su cuerpo, los giros de la frase, sus inflexiones, el dibujo sonoro, en fin, que es el ritmo melódico.

La soberbia Cavatina de Raff, después de sus compases iniciales, empezaba a crecer con todo su vigor, desenvolviendo sus arranques magníficos, alzando sus entretejimientos de cantos, viboreando en giros inesperados y llenos de acentuación originalísima, alternando con vigorosísimos plaqués a cuatro cuerdas con los armónicos delicadísimos o los finales suaves y dulcemente acariciadores.

¡Raro efecto! No se oía más que la música; nadie pensaba en que se estaba oyendo a un artista. Es que este había desaparecido, aniquilado en su presencia por la vivificación que de aquel trazo hacia. Tal comprensión había en la música, tal dominio del instrumento poseía, de tal manera parecía fundirse en el, de tal manera todo su fluido vital era absorbido por aquella ejecución, que todo era como una cosa sola la música que se escuchaba.

En ese, y ningún otro, el gran secreto de las bellas artes: el dominio del medio, sea el pincel, el arco o la palabra, de traducir noble y fielmente los íntimos fenómenos del cerebro propio, para tocar con ellos a los demás, o sea, establecer fácilmente la cadena vibratoria de centro a centro nervioso. Por eso, porque ha establecido esa cadena, la agita, la hiela o la enrojece, alguien domina a los demás que caen bajo su imperio hasta sentir la misma excitación del que ejecuta.

Llegó un momento, sin embargo, en que el ejecutante se hizo por él notable, fue cuando al tomar la frase enérgica, violentamente enérgica en su arco suave – raro efecto, porque empleando todo el poder de la muñeca no se oía roce alguno del arco con el violín – siguió aumentando aquel esplendor sonoro, cada vez mas amplio y el violín parecía multiplicarse, y las voces crecían, y entre todo eso se desgajó como un torrente de ejecuciones múltiples entrelazadas, todo tan limpio y rendido, que al redondear la frase en un giro de vuelo sorprendente, se despertó en todos un sentimiento de sorpresa, sentimiento que era el de lo nuevo -muchos no habían oído tocar así – y fue la noción de la diferencia lo que hizo volver la cabeza hacia el artista.

Fue entonces que se le aplaudió en un arranque que terminó su frase. Después de oír el ruido de las manos, comprendimos que no debíamos aplaudir mas; hacía mal efecto semejante ruido después de tales sonidos.

Y la atención se reanudó sobre aquel artista extraño, severa estatua de ébano, seria y correcta en su escuela de movimiento, que se destacaba sobre el fondo de terciopelo y oro de la tapicería.

El siguió con todo su poder la Cavatina; se conoce que es un hombre de pasión por su instrumento, el noble violín, a que es natural la identificación, como formando un solo cuerpo vibrante con el ejecutor, caja de resonancia y pensamiento, que entre ambos parece hacerse como un solo elemento de arte.

Así, llevado en el movimiento musical, a la difícil Cavatina siguió la Fantasía, de Ernst, sobre temas del Otello, de Rossini. La primera había terminado con su nota larga, que poco a poco se va apagando, y la segunda empezaba con el canto inspirado del gran maestro, tomado por Ernst de la legitima manera de Rossini, seria y grandiosa, no con el error de las virtuosidades mal llamadas ”rossinianas” pecado de los cantantes de la época en contra del autor, por lo que juró no escribir más operas después de su Guillermo.

En esta pieza de gran concierto, aquel hombre poseído de su momento musical que la hacía abordarla, después de otra de mucha dificultad, pudo lucir aún más su completo dominio del instrumento, así como sus condiciones generales de artista igualmente fuerte, justamente equilibrado de todos los géneros; la fuerza, el brillo, la delicadeza o la bizarra originalidad de la frase.

Apenas concluida la Fantasía, de Ernst, el incansable violinista empezó a ejecutar una paráfrasis sobre temas de Lucía de Lammermor. Esta pieza era la de un pasionista de la melodía llevada a los más inspirados temas del maestro divino, como decía Verdi; era también la obra de un armonista notable por sus sucesiones de acordes y de un fuerte contrapuntista que se revelaba con gran poder en la interpretación del quinteto con sus efectos orquestales y capital propio, también llenando un inmenso cuadro sonoro de un trabajo continuo sobre las cuatro cuerdas del instrumento.

Aquí la fusión del artista a su momento musical fue aún mayor, y fácil de explicarse esto, sabiendo, como se comprendió desde el principio, que esa paráfrasis es de Brindis de Salas.

Puede decirse, porque hasta ahora no hacemos un juicio crítico, sino que fielmente trasladamos la impresión recibida, que desde aquel golpe de arco primero hasta el último de la paráfrasis, todos estuvimos, no sin sentirlo, sino sintiéndolo, y mucho, bajo el encanto poderoso de aquellos sonidos que nos embargaban.

Era natural apretar la mano de aquel artista, terminada la ejecución de su paráfrasis, a lo que un buen momento de conversación animada y una taza de té en el comedor siguió como agradable parte segunda de la reunión.

Su personalidad musical es fácil, bien fácil de comprenderse desde el primer momento, justamente por su misma franqueza correcta de gran escuela, severa, definida y clara.

Brindis puede ser juzgado y rápidamente se comprende en él un artista completo, señor y dueño del instrumento, severo y correcto ejecutante, sin ninguna de las farsas de brillo dulcamaresco con que quieren deslumbrar los que de artista nada tienen.

Hombre de talento propio, de capital individual en su manera de ejecución, ya sea abordando el género delicado, o el enérgico o el fantástico, es ceñido a la escuela moderna del violín, la que ha profundizado en todos sus recursos, los que fácilmente juegan en su mano e impregnan su ejecución de la clásica y eléctrica robustez sonora que lo caracteriza.

Brindis es, pues un artista que se presenta con el progreso de su instrumento, y los que han podido seguir la evolución del arte del violín, estudiándolo en sus más clásicos representantes, hallan en este hombre el último modelo que nos ha llegado en ese perfeccionamiento. Tan clásico es Brindis, que puede en él, al apreciarse la escuela, verse lo que ésta ha progresado.

En él la frase vale por sí misma, jamás es un medio de efecto; profundamente músico, todos los recursos de su educación artística no son sino para el arte, y de aquí la valorización de todos los matices que descubre a los que ejecuta, y que con facilidad le permiten abordar todos los géneros del instrumento, forman el cuadro musical completo que dibuja y colorea en cada pieza con armónicas equivalencias y con igual maestría, desde los grandes golpes poderosos hasta las medias tintas esfumadas como un suspiro.

Bajo la influencia de este orden de ideas, volvimos a la sala. Allí el violinista nos sorprendió con la repetición de la Cavatina, de Raff, a la que siguió Souvenir de Haydn, de Leonard, la admirable pieza favorita de nuestro público.

Después, Brindis tocó, simplemente como estudio brillante de una y otra mano consecutivamente, un arreglo suyo de El Carnaval de Venecia.

Aquel alto joven extraño que nos tuvo fascinados tanto tiempo, se alejó al fin, dejando un recuerdo insistente, que no pasó en largo rato, hasta que una pequeña artista, bella cabecita rubia, dotada indudablemente de talento musical, tocó algunos momentos en el piano.

Buena noche tibia, agradable, abrigada, a la que quedaba en aquella sala, de medio tan afectuoso; fría por el contrario en la calle, donde nos alejamos entre el barbero viento de agosto.” [1]

1 Diario La Nación. 21 de Agosto de 1889

Lápida de Brindis de Salas. Iglesia de Paula

Lápida de Brindis de Salas. Iglesia de Paula

Urna con los restos de Brindis de Salas. Iglesia de Paula

Urna con los restos de Brindis de Salas. Iglesia de Paula

Referencias Bibliográficas:

  • Toledo, Armando “Presencia y vigencia de Brindis de Salas” Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981
  • Revista “Carteles” La Habana, 1 de Junio de 1930
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