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ARCHIVO NACIONAL DE LA REPÚBLICA DE CUBA

"POR LA PRESERVACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA"

José Antonio Saco: crítica cubana al colonialismo en el trabajo agrícola

Tomado de la revista “Temas” No. 76: 91-98, octubre-diciembre de 2013.

Rolando E. Misas Jiménez
Investigador. Archivo Nacional de Cuba

¿Puede ser opulento y feliz un pueblo donde muchos de sus habitantes son víctimas de las enfermedades morales? No hay felicidad sin la paz y el contento del alma, no hay paz ni contento sin virtudes, sin virtudes no hay amor ni constancia en el trabajo, y sin trabajo no hay riquezas verdaderas.

José Antonio Saco

Se cumplieron 180 años de que la Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba1 estableciera el precedente histórico de una labor sociológica pionera en la Isla. Esta obra consolidaba los méritos intelectuales de su autor, José Antonio Saco, debido a la pública notoriedad conseguida en el año 1831 con la obtención del primer premio de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, y a su publicación en dos ocasiones: en 1832, en la Revista Bimestre Cubana, y en 1834, en el Diario de La Habana, años durante los que se implementó la ofensiva gubernamental del Capitán General Miguel Tacón contra los desocupados y delincuentes de la capital y de los partidos rurales.2

De esa manera, Saco convirtió su Memoria sobre la vagancia… en eslabón inicial de su repulsa a la esclavitud y a las profundas desigualdades de la sociedad colonial cubana. Su crítica, en el seno de la Academia Cubana de Literatura, fue más incisiva con otro trascendental trabajo suyo titulado «Análisis por don José Antonio Saco de una obra sobre Brasil» que diera lugar a su destierro de Cuba en el año 1834 y al cese, definitivo, de las mencionada revista Bimestre y de la propia Academia.3

Saco reflejaba su compromiso con el pensamiento patriótico del sacerdote habanero Félix Varela y con la filosofía electiva, enseñada en el Real Colegio y Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana; es decir, se consideraba heredero de su «gran revolución literaria», por haber sido su discípulo y sustituto en esa cátedra formadora de hombres de ciencia y de pensamiento.4 Su estrecho vínculo con Varela y con su protector, el Obispo español Juan José Díaz de Espada y Landa, explica el regocijo compartido en 1826, con su amigo José de la Luz y Caballero, por la crítica que el sabio alemán Alexander von Humboldt hiciera, en su Ensayo Político sobre la Isla de Cuba, de las concepciones esclavistas mantenidas por los hacendados habaneros. 5

Saco y Luz eran amigos y máximos representantes en Cuba del ideario antioligárquico fundado por Espada para el fomento de una agricultura distintiva en su autosuficiencia económica y en su cultura integral de cultivo debido a las producciones de los campesinos pequeños y asalariados en condición de hombres libres.6 Esta agricultura debía tener una esencia liberadora muy diferente a la preferencia económica dominante en la Isla y promocionada por el hacendado Francisco de Arango y Parreño en 1792 como modelo exitoso de progreso económico de los hacendados, cuya permanencia requería del apoyo de la fuerza represiva del ejército español.7

Esa nueva agricultura debía oponerse a la importación de alimentos, de artículos suntuarios y de aparatos tecnológicos azucareros que era el resultado del capital acumulado por los poseedores de grandes extensiones de tierras dedicadas a la especialización comercial en caña de azúcar y café con sus graves secuelas de infertilidad de los suelos, de desaparición de los bosques y de miseria e ignorancia de los esclavos y de los campesinos arrendatarios.8

La preocupación de la intelectualidad de la Isla ante la vulnerabilidad del modelo económico dominante tan subordinado al comercio exterior y tan descuidado con las abundantes oportunidades de emancipación alimentaria existentes, se manifestaba con fuerza debido a las constantes amenazas de agresión por las naciones enemigas de España.9 Tal inquietud la expresó Saco durante la redacción de su Memoria sobre la vagancia… en 1830, en la ciudad norteamericana de Nueva York, después de haber obtenido lauros imperecederos con su encendida polémica con Ramón de la Sagra y su premiada Memoria sobre caminos en la Isla de Cuba. Pero Saco no trabajaba solo; Luz, durante un periplo por Europa entre 1830 y 1831, se entrevistó con Humboldt en Alemania, para darle a conocer la compatibilidad de su pensamiento crítico con las ideas en el Ensayo político… y nutrirse de la sabiduría acumulada por el germano.10

Esta intensa actividad intelectual de Saco y Luz guardaba relación con los planes de formación de una conciencia crítica sobre los problemas provocados por el colonialismo en la sociedad cubana y, de manera especial, en el trabajo agrícola, pero viéndolo desde la perspectiva integradora de la cultura y la ciencia preconizada por ellos. En ese sentido, creyeron en las oportunidades de desarrollo intelectual en la juventud citadina cuando la Comisión Permanente de Literatura, establecida en 1830, bajo la tutela de la Sociedad Patriótica de La Habana, se convirtió cuatro años más tarde en un espacio independiente con el nombre de Academia Cubana de Literatura, mientras Saco desempeñaba, desde 1832, la dirección de su afamada Revista Bimestre Cubana.11 Por eso, Saco denunció científicamente desde la Memoria sobre la vagancia las causas de que existieran «enfermedades morales» que dañaban la disposición al trabajo en Cuba.

Según el intelectual, el trabajo era «una virtud» que se practicaba solamente por el placer de compensar el espíritu y por «los recursos que proporciona para satisfacer las necesidades de la vida».12 Consideraba la existencia del vago en Cuba una secuela negativa de la sociedad colonial que entorpecía el derecho del hombre humilde y de su familia a tener un trabajo honrado y a convertirse en pequeño propietario para resolver sus problemas existenciales. Él conocía que la falta de estímulo material había mellado la diligencia laboral del hombre pobre en la agricultura y amenazaba el porvenir del país porque el amor al trabajo no era, lamentablemente, una muestra de «virtud popular» en la Isla.

La presencia de los vagos constituía una realidad tangible en las poblaciones rurales, donde se veían personas «sin oficio, ni ocupaciones, ni bienes con que mantenerse», dedicadas por necesidades insoslayables a jugar, robar o cometer otros delitos. De ahí que la vagancia fuera identificada como una consecuencia de la pobreza de los hombres «libres», privados no solo de la posesión de tierras y de empleos sino también de las esperanzas de tenerlos en la sociedad colonial. Sin embargo, el rechazo al trabajo agrícola también estuvo generalizado entre quienes tuvieron «algunos bienes» y se comportaron como hombres «ociosos» por no afanarse personalmente en el cuidado de sus tierras. Así, Saco criticaba una conducta humana denigrante compartida, de manera cotidiana, por los desposeídos de bienes y por los grandes y medianos productores agrícolas13 que tuvo una incidencia nociva en el imaginario popular acerca del papel del trabajo agrícola en la satisfacción de sus urgencias materiales y espirituales.

Saco utiliza siempre un lenguaje mesurado que sirviera de guía al lector hacia la dificultad más grave de la sociedad colonial cubana: la esclavitud, con sus diversas manifestaciones de explotación y exclusión social; es decir, no solo se refiere a la situación de los negros africanos, obligados a trabajar como fuerza física bruta en contra de su voluntad, sino también a la servidumbre mental de la población rural humilde, conformada por negros, mestizos y blancos libres.

Al ser un tema candente de la sociedad, Saco reflexionó sobre la desidia de los campesinos cubanos asumiendo inicialmente la táctica de explicarla como un mal proveniente de la escasez de caminos apropiados para conducir sus cosechas a las poblaciones y de la ignorancia prevaleciente debido al abandono de la educación popular. Según Saco, la solución a estos dos problemas se encontraba en el apoyo financiero de las parroquias, los ayuntamientos y las diputaciones de las Sociedades patrióticas, y de los impuestos sobre las casas y las fincas rurales de los propietarios ricos.14

La actitud cautelosa de Saco le hizo poner el problema de la esclavitud del negro en un tercer lugar, aunque es evidente que lo entendía como la principal causa de que el arte de cultivar la tierra fuera considerado una ocupación degradante en el imaginario popular de la población blanca. Como advirtió Humboldt, era un hecho generalizado encontrar esclavos no solo en la producción azucarera de Cuba;15 su trabajo se había consolidado en las grandes y medianas explotaciones agrícolas especializadas, y hasta en modestos predios campesinos, orientados, según las peculiaridades económicas de cada caso, a la exportación y al abastecimiento de poblados y ciudades cercanas, y dotaciones de esclavos en las plantaciones. Pero el rechazo a ese trabajo focalizado en los negros esclavos también se manifestó en los oficios desempeñados por negros y mulatos libres en las zonas urbanas y rurales y así se produjo un grave desinterés de la población blanca laboral por los trabajos manuales, lo cual Saco describió como una barrera infranqueable entre las dos razas.16

Por consiguiente, para él era incuestionable que la esclavitud generaba el abismo étnico y cultural entre las dos poblaciones humildes, y a la vez comprendió que ambas eran víctimas de la exclusión social promovida por una élite de hombres blancos, conformados por hacendados y comerciantes, en alianza con los funcionarios coloniales, los cuales concentraban en sus manos el disfrute de los recursos naturales y de la riqueza material de la Isla.

Saco se percataba de que esa separación favorecía el mantenimiento del régimen colonial con sus carencias de libertades públicas e individuales. Según él, era predecible la agudización del rechazo al trabajo manual en las futuras generaciones, pero también la ocurrencia de espontáneos estallidos sociales ante las condiciones extremas de explotación, no solo entre la población esclava, sino también en la población libre de blancos y negros con aspiración de ser propietaria de la tierra y no de simple arrendataria y asalariada, cuando no encontrara las opciones de libertad, de financiamiento y de creatividad necesarias para salir de sus condiciones de pobreza material y espiritual.

En opinión de Saco, los prejuicios sobre las labores manuales provocaban un ambiente de asfixia mental y de reducción de la confianza de sus pobladores rurales en el trabajo creador. Saco reconoce el sufrimiento del campesino, padecido por el menosprecio social y el hecho de hallarse desamparado por las leyes coloniales.

Con esas diferencias sociales y de «razas», Saco consideró escasas las oportunidades legales de garantizar el bienestar de los pobres en comparación con el ejemplo de otras sociedades poseedoras de instituciones democráticas que eran más «homogéneas» que la cubana en cuanto a las posibilidades de generalizar los derechos jurídicos a todos sus ciudadanos. Creyó que las condiciones jurídicas de esas otras naciones eran favorables para que fuera más mesurada la explotación del hombre y así reducir los desestímulos al talento, al coraje y al dinero en el tránsito del trabajador asalariado a pequeño propietario. 17

No obstante, Saco destacaba que no estaban perdidas las esperanzas de un futuro compartido en la dignificación del trabajo agrícola. Aclaraba que el prejuicio de la población criolla hacia el trabajo manual del campo no debía tomarse en términos absolutos para los casos de la ganadería y la agricultura no exportadora porque la realidad de las labores agrícolas en esos sectores mostraba un rostro optimista en cuanto a la existencia de cierta igualdad y colaboración laboral entre blancos y negros que no siempre era tenida en cuenta por los intelectuales ni era tan divulgada por los periódicos, los libros y mucho menos por las autoridades coloniales.

El vínculo entre los «hombres de color» y los «blancos» aparece descrito por Saco cuando afirmaba que «la ganadería y la agricultura están en manos de unos y otros: juntos corren tras el toro y la novilla en la sabana y en el sao, y juntos también rompen los campos y se pasean por el surco que abren con el arado».18 Su mensaje era diáfano acerca de la camaradería existente entre quienes laboraban en ámbitos campesinos, ajenos a las condiciones de discriminación del negro en las plantaciones, que alentaba la construcción conjunta de un futuro diferente a los intereses colonialistas.

Animado por ese hecho, Saco no quiso postergar su enfrentamiento a las «enfermedades morales» fomentadas por la esclavitud. Defendió la urgencia de comenzar por «una revolución en las ideas» que llegara a la población criolla libre, con el ánimo de promover una educación moral en los niños, de cualquier color en la piel, para contribuir al amor por el trabajo manual e intelectual con la participación de los padres de familia y de los preceptores y la divulgación de los ejemplos honrosos de hombres laboriosos tomados de la historia.19

A tono con esa pretensión suya, Saco denunció dos falsos argumentos existentes en Europa y en círculos elitistas de la Isla que condenaban a la mayoría de los habitantes de Cuba a un destino de hombres pobres e inferiores por atribuirles una actitud natural de indolencia ante el trabajo. El primer juicio infundado guardaba relación con el hecho de que la fertilidad de los suelos cubanos era la responsable del logro de sus más importantes producciones agrícolas sin afanarse sus hombres por ser «industriosos». Este mensaje malintencionado de que no eran necesarios los trabajadores inteligentes y laboriosos en Cuba significaba otorgarle injustamente a sus habitantes la condición de salvajes.

Saco rechazó la inclusión de Cuba en el criterio colonialista de los círculos intelectuales, políticos y económicos en Europa de considerar inferiores a los pueblos con poco desarrollo agrícola que para subsistir dependían de una relación simple con el entorno natural y del trabajo del esclavo. Por eso, consideró imprescindible demostrar que la Isla podía estar en un nivel de estadio superior en su agricultura si se libraba de toda forma de esclavitud, la cual limitaba su potencialidad productiva como futura nación civilizada. Creía que Cuba se convertiría en un país amante del trabajo si construía d manera coherente su futuro agrícola mediante una reforma social y económica que cambiara la grave situación del campesino arrendatario.20

Y para confirmar que la llamada fertilidad de sus suelos no garantizaba por sí sola la prosperidad de la población rural, mostró la situación de penuria padecida por la mayor parte de los campesinos arrendatarios, al destacar que existían parajes

donde el viajero entra en la casa de una familia, y no encuentra en ella ni un jarro en que apagar la sed, ni una silla donde sentarse a reposar de la fatiga, ni puede volver la vista a ninguna parte, sin que le atormenten la inmundicia y la miseria.21

Saco esclareció que los problemas sociales eran la causa verdadera de la actitud indolente del campesino y no una premisa consustancial de su naturaleza. Por eso no juzgaba favorable que algunos hacendados pensaran en una agricultura diligente y diversificada que estuviera centrada, por ejemplo, en la laboriosidad de inmigrantes holandeses e ingleses. Trató de convencer a los dueños de haciendas de que el progreso agrícola de Cuba solo era posible si cesaban, en primer lugar, las condiciones de miseria en las que vivían el campesinado autóctono. De esa forma, definió su preferencia por el campesino criollo, con inclusión de negros y mulatos «libres», y responsabilizó a la explotación que sufrían los arrendatarios del perjuicio ocasionado al sueño de progreso agrícola con familias campesinas, por ser una cuestión demasiado evidente en la Isla y en el extranjero.22

Otro argumento infundado, utilizado por algunos intelectuales europeos de acuerdo al pensamiento ilustrado del francés Charles-Louis Montesquieu, sobre la indolencia natural de los cubanos hacia el trabajo manual, tuvo que ver con la supuesta degradación humana y cultural provocada por el clima cálido. Sus seguidores consideraban como una verdad absoluta que los habitantes de los países cálidos eran «débiles, perezosos, cobardes, ignorantes, viciosos y esclavos», mientras que los pueblos ubicados en Europa eran lo contrario. El peligro de ese razonamiento, percibido críticamente por Saco, estuvo en considerar que las poblaciones situadas en el trópico, o cercanos a este, eran inferiores y estaban condenadas a vivir siempre sometidas al colonialismo de los pueblos establecidos en Europa, sobretodo las situadas en su porción norte.

Para refutar ese juicio que negaba los procesos históricos de la humanidad con sus contrastes culturales y con sus avances y retrocesos en diferentes latitudes geográficas, Saco se remontó a los orígenes de los pueblos emisores de la esencia étnica y cultural de la América hispana, con una historia trascendental en el pasado. Apeló no solo a las importantes influencias culturales proporcionadas al territorio meridional de Europa, por los pueblos partos, asirios, fenicios, cartagineses, romanos y árabes, sino también a la relevancia de los antiguos pueblos indígenas de México y Perú. De esa manera, contrastaba las profundas raíces culturales presentes en la formación de una nacionalidad propia y emergente en la América hispana, con el pasado de los pueblos del norte de Europa y del Oriente, que enmarcado en una cultura tribal, no era tan distinguido a pesar del clima gélido.23

Para rebatir que la supuesta existencia de «pueblos bárbaros» era un patrimonio exclusivo de las regiones tropicales de la América hispana, Saco aclaraba que esa categoría, tan afín a los asentamientos tribales, era aplicable a los nativos de las frías regiones del estrecho de Magallanes, en el sur más extremo del continente, y en los esquimales hallados en los helados parajes del norte de América. En otras palabras, Saco consideró que las diferencias culturales entre los pueblos no eran el producto de una ubicación geográfica determinada ni de un color específico en la piel; correspondían al devenir de sus progresos socioeconómicos y de pensamiento.

El pensador destacaba que, debido a su relevante herencia cultural, los pueblos de la América hispana tenían en sus manos el potencial suficiente para encauzar su propio camino de esplendor, a pesar de la aparente superioridad agrícola e industrial vigente entonces en los del norte de Europa y, en el caso particular de los anglosajones, en los Estados Unidos de América. Se refirió a la creciente supremacía económica y política de los estados norteños de esa nación, pero no como una cuestión étnica ni de clima, sino como resultado de los diferentes procesos históricos de la cultura y del pensamiento que dieron lugar a las peculiaridades políticas y morales observadas en los diversos asentamientos europeos en América. Consideraba que el descollante progreso de los norteamericanos en la educación y en las instituciones políticas debía ser adaptado críticamente a las singularidades culturales y políticas que debían fomentarse.24

Saco confiaba en la capacidad de los pueblos de Cuba y el resto de Hispanoamérica para trazar su propio proceso histórico de progreso humano, siempre que pudieran apoyarse en la riqueza transcendental de su herencia cultural y foránea y en la existencia de sabias instituciones docentes y políticas que fueran garantes de libertad y estabilidad social. Por eso Saco apuntaba la existencia de cubanos y de extranjeros que eran ejemplos de constante virtud en sus faenas a pesar del clima tropical y exhortaba a utilizarlos como patrones de conducta íntegra para dar fin a cualquier prejuicio de inferioridad dentro y fuera de la Isla.25 En todo caso, apoyándose en la historia de los pueblos, Saco consideraba más importante reconocer los derechos políticos y educacionales de la población criolla libre en Cuba.26

Él no pudo criticar abiertamente la esclavitud del negro y la miseria de los campesinos arrendatarios, debido a las facultades omnímodas de los gobernantes españoles y a la utilización de estas, por parte de los hacendados, comerciantes y funcionarios para acallar cualquier criterio disonante a sus intereses. Aunque planteó la necesidad de establecer una buena legislación para «prevenir los males, antes que castigarlos», no pudo hacer referencia a las propuestas legislativas de Humboldt y de Varela acerca de la trata y de la esclavitud ni resolver la situación del campesino pobre, lo que hubiera favorecido las condiciones de libertad en la población criolla. Estaba convencido de que el carácter coercitivo de la única medida permitida por las autoridades, en cuanto a establecer un censo de los desocupados que habían cometido delitos graves para obligarlos a realizar alguna labor manual, resultaba insuficiente para impedir que otros hombres cayeran después en la vagancia.

Según se infiere de sus ideas, ante todo era necesaria una legislación contraria a la trata de esclavos y a la propia existencia de la esclavitud, para luego implementar una que contribuyese a favorecer a los productores pequeños y medianos y a los asalariados agrícolas, con vista a elevar los rendimientos de la tierra y la productividad del trabajo agrícola; además, debían ser financiadas sus propuestas de caminos y de escuelas primarias rurales.27

Para hacer una «revolución en las ideas» también era importante la ejecución de «una revolución de las costumbres» en la población criolla libre a fin de erradicar la degradación de las costumbres provocada por los juegos de azar en casas públicas, en fiestas y ferias, pero también por la actividad de las loterías y los billares. Saco sugirió crear lugares de sano entretenimiento e instrucción para los trabajadores, como ateneos y gabinetes de lectura, con el objetivo de que la ilustración, el trabajo y la virtud ocuparan el lugar de la ignorancia, el ocio y el vicio.28 Asimismo, criticaba las peleas de gallo por ser «perniciosas» al campesino,29 aunque encontraba en ellas un espectáculo interesante de «democracia perfecta, en que el hombre y la mujer, el niño y el anciano, el grande y el pequeño, el pobre y el rico, el blanco y el negro, todos se hallan gustosamente confundidos en el estrecho recinto de la valla».30 Se podía, por tanto, encontrar en sectores del campesinado criollo el hecho singular de no existir graves prejuicios raciales ni culturales que impidiesen a negros y blancos realizar de manera conjunta actividades productivas conjuntas o la participación en espacios públicos de socialización.

Así mostraba Saco su convicción de la necesidad de promover un cambio en la agricultura y en la sociedad rural en Cuba que propiciara el crecimiento natural de la población criolla libre, de los descendientes de africanos y españoles, y que se basara en el reforzamiento de la convivencia laboral y social, del mestizaje cultural y étnico y de la participación en la agricultura de los campesinos pequeños propietarios. Ese proceso de integración humana debía llevar consigo el afianzamiento del sentimiento de pertenencia en relación con la tierra como elemento esencial de la identidad cubana que se deseaba construir mediante el mejoramiento del tronco cultural hispano asentado en la Isla, y no reemplazar dicho componente hispano por las culturas de que eran portadoras los trabajadores procedentes de África o del norte de Europa siempre propensos a desarraigos y confrontaciones al responder al sistema de explotación del colonialismo.31

Al creer en el aumento de los trabajadores criollos, Saco robustece su imagen de pensador, el más coherente de su época, ante la irracionalidad de las tendencias dominantes, comprometidas en Cuba con el colonialismo. No solo fue lúcido ante los problemas del trabajo agrícola en la Isla, sino también sobre los procedimientos más adecuados para superarlos sin necesidad de depender de europeos y africanos. Sus deseos de transformación social, económica y cultural de la agricultura cubana tuvieron un sentido de integralidad que se basaba en tres direcciones principales: la creación de una base jurídica, moral y financiera de apoyo estatal y privado a la pequeña propiedad agraria y a la familia campesina criolla, la promoción del mestizaje para la integración cultural y étnica de la población criolla libre y la elección de los legados agroculturales más convenientes de los pueblos agrícolas europeos para adaptarlos en el país mediante el fortalecimiento de los mecanismos de instrucción pública rural.

Saco creyó en la formación de una profunda cultura de cultivo y de una mentalidad productora en la población criolla libre. Confiaba en que los negros y mulatos libres aprovecharían la posibilidad de alcanzar en el trabajo agrícola la laboriosidad mostrada en los oficios urbanos,32 para así contribuir, junto con los blancos, a despertar el potencial de trabajo que tenían oculto en las zonas campesinas. Por eso consideró necesario evaluar en una muestra de la población campesina criolla, en condiciones favorables a la experimentación, la aptitud hacia el trabajo agrícola, para dirimir si era realmente necesaria la importación de africanos esclavos o de europeos libres.

Esa manera de concebir la cultura agrícola desde la singularidad del criollismo le dio un rasgo particular a su liberalismo si se compara con el de los hacendados y otros intelectuales que retrasaba esa identidad por la obsesión de tener trabajadores foráneos. Expresiones como las anteriores, contrarias a las hegemónicas, estuvieron entonces ocurriendo en el pensamiento occidental de la época.33

En esa perspectiva promisoria de integración laboral de los criollos, Saco no admitió la cultura de trabajo agrícola de los africanos llegados como esclavos, influida por su condición de desarraigados y distantes de ser portadores de libertad individual y de democracia.34 Incidieron en esa opinión la disgregación étnica en disímiles patrones tribales, lingüísticos, familiares y de subsistencias que perjudicaban la unidad de sus componentes y el proceso de integración con los criollos en un plazo mediato.35 Creyó que esa situación se resolvería con la supresión del tráfico de esclavos, lo que impulsaría la propia extinción de la esclavitud y provocaría la disolución de las manifestaciones originales de los africanos ante la inevitable desaparición biológica de sus portadores masculinos más genuinos.

Saco propuso aprovechar mientras tanto el poder de la docencia para transformar progresivamente las costumbres y mentalidades de los descendientes de africanos, en la medida en que conseguía lo mismo con los de españoles para fundar, de conjunto, una agricultura campesina de hombres criollos verdaderamente libres y creativos que fuese respetada por los círculos políticos e intelectuales de Europa como ejemplo trascendental de cultura agrícola tropical humanizada y autosuficiente.

De la fortaleza conseguida con ello dependía el éxito ante el colonialismo proveniente del gran cultivo y Saco era entonces optimista en relación con que en las regiones campesinas de Cuba se pudiera expandir el nuevo modelo basado en la conveniente confraternidad de negros y blancos que seguía la tendencia observada por él en el trabajo agrícola y en determinados espacios públicos.

En una época en la que el referente cultural de progreso era el europeo, Saco estructuró sus ideas de formación del campesino en Cuba desde una perspectiva cultural integradora, imprescindible para lograr una contundente refutación cubana a las teorías discriminatorias europeas contra los nacientes pueblos de Hispanoamérica. Como se ha visto, Saco asumió riesgos políticos en los años 30 del siglo XIX por criticar los problemas provocados por el colonialismo en el trabajo agrícola, su posición a favor de una agricultura integradora estaba entonces distante del racismo oficial contra los negros promovido por el colonialismo.36

Pretendió que su propuesta tuviera el respaldo jurídico de la Constitución liberal española de 1812. Sin embargo, la política de la metrópoli le hizo una mala jugada a sus planes futuros cuando no se produjo en 1837 la admisión de los delegados de Ultramar a las Cortes. De esa forma, se condenaba a Cuba, Puerto Rico y Filipinas a la condición de colonias; negándoles así a sus habitantes el reconocimiento de los derechos ciudadanos otorgados por esa Constitución a todos los hombres libres y «libertos» en los dominios de España. Ante esa injusticia, Saco protestó, con lo cual respondía a las motivaciones morales de favorecer los reclamos de los sectores humildes de campesinos y trabajadores agrícolas de Cuba.

Según el Censo de población de 1827, Cuba contaba con solo 704 487 personas, 40 de las cuales eran esclavas; Saco abogaba por beneficios para los blancos y «libres de color», es decir, 59 de los habitantes de la Isla, cifra que incluía los sectores mayoritarios con perspectivas de ser pequeños propietarios agrícolas, y los minoritarios grupos elitistas, conformados por los grandes oligarcas del capital, que deberían ser vencidos progresivamente en la contienda legislativa de su soñado Consejo provincial cubano. Aunque Saco conocía las objeciones conservadoras de los colonialistas en el poder, tuvo la idea de favorecer la igualdad de derechos de blancos y negros libres pobres, en cuanto a la posesión de bienes y a su contribución monetaria a las necesidades de la nación española y de Cuba como provincia de aquella, pero sin concederle aun a los segundos –15 de la población criolla– los derechos políticos de representar y ser representados que estarían inicialmente en manos de los primeros como parte mayoritaria de esa población –44. Tal perspectiva favorecía en lo económico el reconocimiento preliminar de la presencia de campesinos y trabajadores agrícolas de ambas razas, lo que abriría las puertas de la plena legalidad política a los derechos de los negros y mulatos libres para impulsar la integración de ellos con los campesinos blancos, en condiciones de compartir, de manera ascendente, la democracia agraria y política. 37 Se trataba de una táctica de paulatina legitimación política que se impondría en definitiva en las regiones rurales debido al proceso natural de mestizaje de la población.

También Saco estimaba relevante que el campesino criollo aprendiera a leer, escribir y contar para lograr un destino de bienestar social vinculado a su ámbito habitual de trabajo. Por eso propuso establecer escuelas primarias rurales, eslabón inicial de una larga cadena en la creación de mecanismos de difusión y recepción de la teoría agronómica y de otros saberes integrales que sirviesen para enriquecer, de manera coherente, la cultura de cultivo del campesinado criollo durante el proceso de alfabetización y después de culminado este.38

En el financiamiento de esas escuelas y en el de los ateneos y gabinetes de lectura en las ciudades y pueblos debía hallarse la premisa de que «la verdadera economía» estaba en invertir por la «felicidad del pueblo».39 Junto a esas instituciones propuso un periódico científico” que contribuiría a crear espacios de vida cultural y de «democracia perfecta», sustitutos de las gallerías para así construir el futuro progreso de la cultura integradora del campesino criollo en Cuba.

Se advierte la crítica de Saco ante la ausencia de cátedras formadoras de maestros y de agrónomos en los campos de la Isla. Aunque no negaba que años más tarde algunos campesinos criollos se convirtieran en profesores y en agrónomos de sus propios compañeros de trabajo, creyó más factible promover la formación científica de la juventud de la capital con el encargo de difundirla después a la población campesina de toda la Isla mediante los establecimientos ya mencionados.40 Esta idea era compartida con Luz y Caballero, quien cosechaba en Europa la experiencia necesaria en docencia para discernirla críticamente en Cuba, de acuerdo al pensamiento electivo y relacional fundado por Varela.41

De este modo, Saco argumentaba su revolución de las costumbres y de las ideas en beneficio de la disposición del campesino al trabajo, pero viéndola como el resultado final de un proceso de acumulación de experiencias conseguidas en el afán de construcción integradora de la moral y de la ciencia aplicada, mediante el desarrollo de una labor docente que debía ser coherente en sus conocimientos integrales. Sin embargo, no era esta propuesta suya de cambios superestructurales una idea abstracta, carente de materialidad práctica, sino que se basaba en la plena convicción de ser lograda solamente con la erradicación de la pobreza en la población criolla rural después de alcanzar la extinción de la explotación de los esclavos y de los campesinos arrendatarios y de consolidarse los mecanismos de confraternidad entre blancos, negros y mulatos humildes en la producción agrícola y en la política.

Vale la pena señalar que lo anterior aparece, en parte, mencionado en su «Análisis de una obra sobre Brasil», cuyo propósito era convencer a los hacendados acerca de la imposibilidad de continuar, a corto plazo, con la trata de esclavos y la esclavitud, debido a causas internacionales e internas. Asimismo, argumentaba la dificultad de lograr el incremento natural de los esclavos en Cuba debido al desequilibrio entre ambos sexos. De ahí que tuviera la osadía de proponer la eliminación total e inmediata de la trata y extinción gradual de la esclavitud; con lo cual adelantó dos posibles soluciones, contrarias a la permanencia del cultivo de la caña en manos esclavas42 que evitaran la habitual improvisación, en aras de implementar el conocimiento científico experimental.

Por sus atributos de científico, Saco consideraba recomendable someter a la experimentación y la observación cada una de esas posibles soluciones, y para ello contaba con los fondos provenientes de la Real Junta de Fomento y de la Real Sociedad Patriótica o de un grupo de hacendados, a fin de demostrar y llegar al convencimiento sobre cuál era la alternativa que debía ser adoptada para beneficiar a la población criolla rural.

Una de esas soluciones contemplaba no afectar el carácter indiviso de la plantación cañera, por lo que siguió la idea de establecer «hombres asalariados» en una pequeña parte de los cañaverales y dejar los esclavos en las restantes áreas, con el propósito de comparar los resultados económicos de los dos sistemas.43

La otra solución experimental era defendida por él para abandonar la concentración de las tierras en la plantación, causa de la esclavitud, del gran cultivo especializado y del régimen colonial. Creía que era suficiente repartir todo o parte de las tierras de la plantación entre «hombres libres» que se comprometieran a cultivar la caña en función del ingenio a cambio de recibir cierta cantidad del azúcar producida. En ese afán transformador, Saco recomendó la separación del sector agrícola del fabril, según la experiencia recibida de Asia.

Para atraer la atención de los hacendados a sus propuestas de experimentos rurales, Saco aprovechó el habitual deslumbramiento de ellos por el progreso económico en la culta Europa, a fin de convencerlos de no introducir africanos y así conseguir el ofrecimiento de garantías legales para la preferencia por «la colonización de extranjeros», ya que su protección legal ante el abuso del arriendo serviría para resolver en primer lugar ese problema en el campesino criollo.

La confianza que tuvo Saco por los resultados prácticos y concretos que alcanzara la ciencia experimental a favor del modelo de campesino criollo libre estuvo en función de garantizar un destino promisorio de estabilidad y laboriosidad en la población dedicada a trabajar con el mantenimiento del cultivo de la caña de azúcar bajo nuevas formas organizativas y estructurales y sin necesidad de una obligada renuncia a su existencia en época de crisis.44

Notas

1 En este estudio utilicé la siguiente edición: José Antonio Saco: «Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba», Obras, v.1, Imagen Contemporánea, La Habana, 2001, pp.264-306.

2 Véase: Yolanda Díaz Martínez: Visión de la otra Habana: Vigilancia, delito y control social en los inicios del siglo XIX, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011.

3 Véase: Eduardo Torres-Cuevas, «Ensayo introductorio. José Antonio Saco. La aventura intelectual de una época», en José Antonio Saco, Obras, ob. cit., p. 33. En el siglo XX Fernando Ortiz reedita esta revista, en homenaje a la primigenia. Véase Araceli García Carranza: Índice analítico de la Revista Bimestre Cubana, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1968.

4 José Antonio Saco, «Estado de las ciencias físicas en La Habana en los años de 1823 y 1824», Obras, ob. cit., p.133.

5 Véase Rolando E. Misas Jiménez, «El Ensayo político de Humboldt sobre Cuba: presencia y ausencia de pensamientos habaneros sobre esclavitud y ciencia (1801-1826)», Génesis de la ciencia agrícola en Cuba, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 2012, pp. 18-43.

6 Acerca del proyecto de agricultura campesina y antiesclavista de Espada, véase Eduardo Torres-Cuevas, «Ensayo introductorio. Hacia una interpretación del Obispo de Espada y su influencia en la sociedad y el pensamiento cubanos», en Obispo de Espada, Papeles. Imagen Contemporánea, La Habana, 1999, pp.135-146.

7 Véase Gloria García Rodríguez, «Ensayo introductorio. Tradición y modernidad en Arango y Parreño», en Francisco de Arango y Parreño, Obras, v.1, Imagen Contemporánea/ Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, pp.1-56.

8 Véase Manuel Moreno Fraginals, El Ingenio: complejo económico social cubano del azúcar. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978. La bibliografía sobre la esclavitud es extensa, consúltense al menos, Eduardo Torres-Cuevas y Eusebio Reyes: Esclavitud y Sociedad. Notas y documentos para la historia de la esclavitud negra en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986; y María del Carmen Barcia, Burguesía esclavista y abolición, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987. Acerca de los problemas del medio ambiente, véase Reinaldo Funes Monzote, De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba, 1492-1926, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008.

9 Véase el ejemplo de prevención estudiado por Rolando E. Misas Jiménez, El trigo en Cuba en la primera mitad del siglo XIX, Editora Academia, La Habana, 1993.

10 Véase Rolando E. Misas Jiménez, «El Ensayo político de Humboldt…», ob. cit., pp. 33-8.

11 Véase Eduardo Torres-Cuevas, «Ensayo introductorio. José Antonio Saco…», pp. 36-8.

12 José Antonio Saco, «Memoria sobre la vagancia…», ob. cit., p. 274.

13 Ibídem, p.304.

14 Ibídem, pp.287-94.

15 Véase Alejandro de Humboldt, Ensayo político sobre la Isla de Cuba, t. I, Cultural S.A., La Habana, 1930, p. 217.

16 José Antonio Saco, «Memoria sobre la vagancia…», ob. cit., p. 296.

17 Ibídem, p.297.

18 Ibídem, p.299.

19 Ibídem, pp.297-9.

20 Ibídem, p.301.

21 Ídem.

22i Ídem.

23 Ibídem, p.302.

24 Ídem.

25 Ibídem, p.303.

26 Ídem.

27 Ibídem, pp.304-6.

28 Ibídem, p.277.

29 Ibídem, p.278, nota 1.

30 Ídem.

31 De hecho, la Junta de Población Blanca resultó inoperante en el propósito de lograr un masivo blanqueamiento étnico del campo. Véase Consuelo Naranjo Orovio y Armando García González: Racismo e inmigración en Cuba en el siglo XIX, Ediciones Doce Calles, Madrid, 1996, p.65.

32 Es posible que el interés de Saco por la aptitud profesional de los negros libres explique su presencia en un pasaje de la novela Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde (Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 210).

33 Véase Armando Chaguaceda, «Los discursos liberales y el despliegue hegemónico de la modernidad». Temas. n. 46, La Habana, abril-junio de 2006, pp.31-9.

34 Esta perspectiva cultural unida al reconocimiento del africano como ser humano aparece argumentada en: José Antonio Saco: «Examen analítico del informe de la comisión especial nombrada por las Cortes sobre la exclusión de los actuales y futuros diputados de Ultramar y sobre la necesidad de regir aquellos países por leyes especiales», Obras., v.3, ob. cit., pp. 110-1.

35 Véase Manuel Moreno Fraginals, «Aportes culturales y deculturación», Caminos, n. 24-25, La Habana, 2002, pp. 6-18.

36 En la década de 1840-1849, Saco evidenció en sus escritos un racismo prominente ante las sublevaciones y célebres conspiraciones de negros esclavos y libres, lo que coincidía con el exacerbado discurso racista de los hacendados y del colonialismo. Tal vez quiso evitar que sus ideas quedaran totalmente excluidas de la lucha política si no adoptaba ese lenguaje. Por otra parte, mantuvo su oposición a una masiva presencia de inmigrantes norteamericanos en su postura antianexionista con los Estados Unidos.

37 Véase José Antonio Saco: «Examen analítico del informe…», ob. cit., pp.93-5, 106-10.

38 José Antonio Saco: «Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba», ob. cit., p. 292

39 Ibídem, p. 292

40 Ibídem, pp. 294-5

41 Véase Alicia Conde Rodríguez, «Ensayo introductorio. Para una teoría crítica de la emancipación cubana», en José de la Luz y Caballero: La Polémica filosófica cubana. 1838-1839, v.1, Imagen Contemporánea, La Habana, 2000, pp.1-66; «Ensayo introductorio. José de la Luz y Caballero. Las raíces de una cubanidad pensada», en José de la Luz y Caballero, Obras. Aforismos, v.1, Imagen Contemporánea, La Habana, 2001, pp. 1-64.

42 Eduardo Torres-Cuevas, «Ensayo introductorio. José Antonio Saco», ob. cit., p. 34

43 José Antonio Saco, «Análisis por don José Antonio Saco de una obra sobre el Brasil, intitulada: Notices of Brazil en 1828 and 1829 by rev. R. Walsh author of a journey from Constantinople, etc. », Obras, v.2, ob. cit., p. 75.

44 Ibídem, p. 76.

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